Carta de una madre a ti, que algún día lo serás

Carta de una madre

Si fuera posible mandarme un mensaje a mi misma volviendo atrás en el tiempo y hablar con la persona que  era antes de tener hijos, el mensaje sería este texto.

Antes de tener hijos, yo era, como probablemente eres tu ahora, una madre perfecta. Tenía respuestas para todo, sabía que a mi no me pasaría eso que veía en las madres reales, que no acabaría hablando todo el tiempo de cacas y pañales, y que al contrario, seguiría imperturbable con mi rica vida social, mis actividades, mi trabajo, mis viajes y mis intereses. Sabía muy bien como educaría a mi hijo, enseñándole a dormir toda la noche solo en su habitación, a comerse toda la comida del plato y a acompañarme a fiestas y cenas de amigos sin molestar. No tenía la menor idea de los aspectos prácticos de la maternidad, como por ejemplo cambiar ropa y pañales al bebé, bañarlo, transportarlo, alimentarlo, etc. Todo eso me parecían detalles secundarios que seguramente alguien me explicaría sintéticamente, o que vendrían en algún librito donde se explica clara y coherentemente como se hacen las cosas. Cosas que todos tenemos que hacer igual, porque es así como se hacen y punto. Que para eso está la ciencia, para que te explique a que edad le puedes dar una zanahoria al niño o apuntarle a natación.

Y así estaba yo feliz y contenta, segura como una diosa incluso durante el embarazo, ignorando las miradas de compasión de mis compañeras de yoga, a las que aseguraba que volvería a clase en una semana (máximo dos) después del parto…hasta que nació mi primer hijo y me lo estropeó todo. Ese bebé no se parecía en nada al bebé que describían en los manuales. No encajaba en nada en lo que yo había previsto. Por ejemplo, no hubo manera de darle ninguna utilidad a toda la parafernalia de plástico que supuestamente lo tenía que entretener o hacer caer en un sueño largo y profundo mientras yo me ocupaba de mi vida.

El bebé perfecto, esa criatura mitológica.

El bebé perfecto, esa criatura mitológica. Foto vía jonmwessel.wordpress.com

Ni chupetes, ni ositos, ni móviles, ni moisés, ni recintos, ni carpetas de actividades, ni siquiera la cuna, tuvieron utilidad en mi casa. De haberlo sabido, nos habríamos ahorrado una pasta. Tu que todavía puedes, no compres nada; a la mayoría de los bebés, sólo le hacen falta cuatro cosas: dos brazos y dos tetas (eso si, los brazos conviene que sean más de dos).

Y así, mientras comprobaba una y otra vez que ni “Mozart for Babies” ni los mantras tibetanos lo calmaban por arte de magia, y mientras daba largos paseos nocturnos por la casa con un bebé llorando en los brazos, empecé a darme cuenta que tenía dos opciones: o bien me peleaba y me ponía muy firme para que todo encajara donde yo quería, o bien me hacía un “reset” y me ponía a aprenderlo todo desde cero.

Y esta es la primera gran decisión que nos separa en diferentes tipos de madres: la respuesta ante la duda fundamental si nos compete más enseñar o aprender. Yo elegí aprenderlo todo desde cero. Y aprendí tanto, pero tanto… que hoy suelo decir que todo lo que sé de importante en esta vida, me lo enseñaron mis hijos. Así de cursi.

Una de las primeras cosas que aprendí fue que no hay una sola manera de ser madre, sino que hay tantas como mujeres. Estarás pensando que es una obviedad, pero te invito a frecuentar los grupos de madres en las redes sociales, donde te darás cuenta del grado de inseguridad y de los sentimientos de inadecuación que se les inculca. Madres que creen que lo están haciendo todo mal porque se les ha dicho implícitamente que la crianza de los hijos es un asunto médico, y que su instinto y su intuición no benefician al niño.

A pesar de la enorme diversidad, con la maternidad pasa lo mismo que con la política: hay tendencias y ideologías que informan e inspiran determinados tipos de actitud en la crianza de los hijos, esquematizables en “grupos” distintos que se parecen un poco a los partidos políticos. Independientemente de la orientación política de cada una, hay madres que yo veo más de “derechas”, otras más de “centro” y otras más de “izquierdas”. Incluso hay textos de referencia para cada grupo. Por ejemplo, las madres de “ultra-derecha” son las más orientadas a enseñar que a aprender, y su Meinkampf es el Duérmete niño de Estivill; mientras las madres de “izquierda radical” están tan orientadas a aprender de los hijos que llegan a resultar demasiado blandas, y tienen como manifiesto el Bésame mucho de Carlos González. En el medio, la gran mayoría de centro, con mil matices, corrientes y variantes.

Cualquiera que sea el tipo de madre que serás (cuidado, porque casi nunca somos el tipo de madre que creíamos ser antes de parir), cometerás errores. Y esto es normal y hasta deseable, porque si fuera posible lo contrario, los psicólogos se morirían de hambre y cerrarían millones de negocios y actividades comerciales, empezando por los bares y las pastelerías.

El tipo de error que cometas y el impacto que tenga en tu vida y en la de tu hijo, dependerá en larga medida de lo insegura que seas y de lo permeable que estés a los comentarios ajenos. Porque tienes que saber que en el momento exacto en que te conviertas en madre, todos los que se cruzan contigo, absolutamente todos, empiezan a opinar sobre cómo lo haces. Todos: tu madre, el frutero, tu suegra, tu vecina, la suegra de la vecina. Todos, te van a soltar en la cara sus opiniones al respecto de la crianza de los niños.

De lejos, los comentarios potencialmente más peligrosos son, en este orden:

1. Los de tu pareja; 2. Los del pediatra.

Es muy importante elegir bien al que será el padre de tus hijos, porque si resulta que en vez de un hombre es un niño necesitado, no solo no tendrás apoyo en el 50% del trabajo que le corresponde, sino que tendrás que cuidar a dos niños al precio de uno. Y te darás cuenta de la realidad al sentirte presionada a “recuperar la intimidad de pareja” cuando todavía te duelen los puntos y estás tan agotada que cambiarías sin pestañear una noche loca con Brad Pitt por ocho horas seguidas de sueño (cinco también te valdrían).

Al pediatra también hay que elegirlo muy bien, sobretodo si quieres amamantar. Porque si no quieres (y tienes todo el derecho) no hay problema, pero hay muchas mujeres que quieren y no pueden porque están muy, pero que muy mal orientadas.

Yo no te puedo ayudar a elegir ni tu pareja ni un pediatra, pero sí te puedo dar un consejo valioso sobre como encarar a todos los demás: miente. Siempre.

Ejemplo de conversación con la peluquera/la vecina, etc. (bebé de menos de 6 meses):
- ¿Y ya tiene sus rutinas, sus horarios para mamar?
- Sí, claro, mama cada tres horas.
- ¡Uy! te debe dar muy malas noches entonces.
- ¡Qué va! por la noche duerme ocho horas seguidas, se despierta para mamar y vuelve a dormir tres horas más.
- Tantas horas sin mamar, ¡deberías despertarle para darle el pecho!
- El pediatra dice que así está bien.
(Si te comentan algo de tus ojeras, les dices que es del recuperar la intimidad de pareja).

Mismo escenario con bebé de más de 6 meses:
- ¿Y ya come patata/coliflor/espinaca/carne de avestruz?
- ¡Ya come de todo!
- ¿Y te come bien?
- Fenomenal. ¡Este mes ya ha engordado 3 kilos!
- ¿Tanto? ¡Cuidado que no se te ponga obeso!
- El pediatra dice que así está bien.

El frutero-opinólogo.

Prepárate para mentirle al frutero, él también tiene algo que decir sobre cómo debes criar a tu hijo. Foto vía Girlinthecafe

La dinámica es siempre igual: hagas lo que hagas, siempre van a encontrar defectos. Si das el biberón es que debías dar el pecho, si das el pecho es que debías darle el biberón, duerme demasiado, duerme demasiado poco, ya come sopa, todavía no come sopa, etc. Así que cuando se te termina la paciencia, usa el argumento “pediatra” para escaparte.

Muchas madres creen ser un desastre porque sus hijos maman cuando quieren, se despiertan muchas veces por la noche, usan la comida como mascarilla facial y están en el percentil 5…pero, a pesar de lo que opina la peluquera, resulta que esas madres están haciendo todo lo que recomienda la OMS, sin ni siquiera saberlo, porque están simplemente siguiendo su instinto.

Si mientes, pierdes la oportunidad de educar a los opinólogos, y contribuyes a alimentar el imaginario popular acerca de esa criatura mitológica que es el bebé de los manuales. Pero te vas a poder convertir más fácilmente en el tipo de madre que tu eres por naturaleza. O sea, la mayor experta mundial en la crianza de tu hijo.

Así que ya sabes: en cuanto tengas un test de embarazo que de positivo, ponte delante del espejo, sonríe y empieza a practicar: ”Estupendamente, gracias. Venía a cortarme el flequillo”.

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