Yo era de las de Amancio

Yo era de las de Amancio

Yo era de las de Amancio.

Acecha la estación fría y con ella el momento de hacer recuento de lo que una tiene en el armario para abrigarse de las borrascas venideras. Cuando cambia la estación, vemos con un poco de distancia todo aquello que nos poníamos el año pasado y entre algunas prendas que estoy deseando ponerme veo demasiados jerseys alicaídos, camisas sin porte y más de un vaquero con agujeros en las proximidades de las partes pudendas. Son los errores de un pasado de compras sin criterio ¡Ay Amancio, que he hecho yo para merecer esto!

Por lo menos, en una ocasión, todas hemos sido una “Amancio girl” ¿quién no ha entrado en alguna de sus tiendas con un hueco en el armario (o en el alma) y ha salido de allí con el espejismo de haber alcanzado el objetivo de una misión imposible? Yo era de las de Amancio, y le dedicaba fervorosas y recurrentes visitas a sus establecimientos algunas tardes de viernes en blanco. Y me regocijaba haciendo combinaciones con esas prendas que (por unos pocos días) alimentaban mi vanidad o que, por unos meses, (aparentemente) cubrían esa necesidad del vestido que compartimos todos desde que nos exiliaron del Edén. Y ese fue el problema precisamente. En cuanto las compraba, aquellas prendas experimentaban diabólicas mutaciones.

prenda-mutante

Puede que no notes nada raro, pero en tu armario puede haber prendas en plena mutación.

Y a los hechos me remito: Febrero del 2011: dos lavados me duró aquella camisa que en la tienda me sedujo con su aspecto suave y ligero (já!). Diez días después de sacarla de la tienda empezó a mostrar su verdadera personalidad, sacando a relucir una sospechosa textura pelotillera que no había manera de ocultar. Y sí, en la etiqueta ponía que se podía lavar a máquina. ¿Era una ganga? ¿una prenda con tara? ¿es barata una camisa por 29,99€? Pues depende, si tienes que comprarte una nueva cada mes y medio, un presupuesto de 90€ en camisas no se me antoja ningún regalo. Al final, la camisa en cuestión terminó en cosa de dos meses relegada al fondo del armario (chupando banquillo) y no volvió a ver la luz hasta que la saqué para meterla en una bolsa de ropa vieja. Esa prenda juvenil, a la par que elegante que me hacía ojitos desde la percha de la tienda fue flor de un día, que en un abrir y cerrar de ojos mutó en un trapillo de aspecto cutrón que por dignidad (y también por coquetería) no estaba dispuesta a ponerme. Y ese mismo verano cometí el mismo error ¿que fue de esas sandalias planas preciosas de inspiración bereber, decoradas con abalorios dorados y cobre envejecido? ¡cuál fue mi estupor cuando al tercer día de usarlas veo como los adornos huían despavoridos cada vez que daba cuatro pasos!. Conclusión: compré unas sandalias de inspiración “glamour en Marrakesh” y al poco tiempo lo que tenía en casa eran un par chanclas que parecían haber hecho el Camino de Santiago. Otro fiasco en el armario.

Las sandalias de Cristo

Sandalias de Cristo, por menos de 50€ en su tienda habitual. Póngaselas tres veces y presuma de un efecto “vintage” de sorprendente realismo.

Pues eso, que llega la temporada de invierno y me doy cuenta de que siguen apolillándose en mi armario algunos chascos. Y fue así, chasco a chasco, como se espaciaron las compras a Amancio’s place y similares. Cuando me paseaba por sus dominios me daba la impresión de que en cualquier momento esas prendas que se presentaban tan sexys e inofensivas acabarían traicionándome más pronto que tarde parasitando mi armario (y mi cartera) sin servirme de nada. La diversión de la moda low-cost no tenía nada de low y (literalmente) estaba abriendo agujeros en mis bolsillos. Empiezo a pensar que cuando empiezas a madurar, precisamente lo que buscas también es el ma[s]durar de las cosas. Y así es que hace más de dos años que voy poco de compras. Y cuando voy prefiero comprar menos cosas, e invertir un poco más de presupuesto. Porque pienso que la ropa tiene que estar a mi servicio y no al revés. Y quiero abrir mi armario y ver sólo cosas que me gusten, que me duren y que me representen.

Y vale que lo diga yo, ciudadana de a pie, muy conocida en su casa a la hora de cenar, pero que lo diga esa leyenda viva del diseño que es Vivianne Westwood es cuanto menos, sorprendente y cuanto más un síntoma de que algo está cambiando en la galaxia de la moda. El pasado septiembre la dama inglesa hizo unas insólitas declaraciones en la London Fashion Week. “Comprad menos. Escojed bien. Haced que dure. Elegid calidad y no cantidad. La gente está comprando demasiada ropa”. Estas declaraciones de Madame Westwood son los temblores de un movimiento sísmico que tiene uno de sus epicentros en el movimiento Slow, que se amplifica en el mundo de la moda con las marcas y personas comprometidas con los principios de Slow Fashion. Los principios de la Slow Fashion nos invitan a una reflexión sobre la ropa que llevamos:

“Slow Fashion no es una tendencia de temporada, es un movimiento que gana en adeptos y que ha venido para quedarse. La industria de la moda convencional se basa en producciones masivas donde las prendas pasan de ser diseñadas a ser producidas en muy pocas semanas. Con las marcas vendiendo las últimas tendencias a precios muy bajos se empuja a los consumidores a comprar más de lo que en realidad necesitan. Pero este consumo desmesurado conlleva un precio excesivo para el medio ambiente y los trabajadores de la cadena de producción” (via notjustlabel).

Vivianne Westwood o cómo llevar el punk a cualquier edad

Cuando buscas en la wikipedia la palabra actitud, la foto de al lado es la de Vivienne Westwood.

Algo con lo que comulgan otras plataformas ciudadanas alrededor del mundo como Buy Nothing New, un movimiento que nació en Australia en el 2011 y que se ha extendido en dos años a Estados Unidos y Holanda. Buy Nothing New lanzo una campaña en octubre en el que animaba no comprar nada nuevo durante el ese mes, que no fuese comida, artículos de higiene o medicinas. Explican en su página web que no consiste en vivir sin comprar nada nuevo nunca, sino en tomarnos un tiempo de reflexión para explorar otras alternativas que tenemos para extender la vida útil de las cosas que poseemos y tenemos a nuestro alcance: ¿de verdad necesito comprar esto? ¿cuáles son mis alternativas? ¿puedo intercambiarlo por otra cosa o pedirlo prestado a algún amigo o vecino?.

Ilustración de Buy Nothing New.

En 1930 la mujer media norteamericana poseía 9 conjuntos para vestirse. Hoy día la mujer media posee más de 60. Gráfica de Buy Nothing New.

Y si estás en Barcelona y quieres llevarte alguna cosa mona a coste cero puedes participar en la iniciativa “Renova la Teva Roba” (“Renueva tu ropa”), un mercadillo de intercambio en el que si dejas aquellas prendas que no uses pero que están en buen estado, recibirás a cambio puntos que te permitirán adquirir artículos textiles de todo tipo. Dependiendo del tipo de prenda y de su calidad se te darán más o menos puntos. Este mes de noviembre es la tercera edición de este mercadillo que ha ido ganando en afluencia desde que se hizo por primera vez el pasado otoño. Se trata de una iniciativa de distintas entidades y asociaciones que pretende contribuir a mejorar la sostenibilidad dando un segundo uso a los objetos. En realidad es bastante sencillo, un desahogo para el bolsillo y el entorno y nos ayuda a cambiar hábitos basados en el consumo por otros directamente conectados en nuestra relación con el entorno y con los seres humanos que tenemos cerca.

Mercadillo "Renova la teve roba"

“Renova la teva roba”: llevas lo que no usas y coges lo que te hace falta.

 

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5 Comentarios

  • Nua dice:

    Totalmente de acuerdo! Pero esas sandalias… Para mí que te has ido caminando hasta cabo de gata con ellas, eh?

  • Annita dice:

    Qué gran texto!!!!! Yo llevo meses practicando el slow fashion (en parte por necesidad), pero verdaderamente es una experiencia enriquecedora. Tengo un gran fondo de armario, pero en gran parte es porque son prendas ideadas y confeccionadas para durar muuuucho tiempo!

    • elisismo dice:

      Creo que parte de esa experiencia enriquecedora se debe a que nos saca del papel de mero consumidor pasivo a uno más activo y creativo en el que hacemos algo con lo que ya tenemos: escogemos, desechamos, intercambiamos y re-inventamos. En mi caso a veces me voy con la misma satisfacción a casa cuando compro algo que está pensado para durar y que voy a usar muchísimo que cuando vuelvo con las manos vacías y me digo a mi misma “qué bien, no has hecho ninguna compra de la que luego vayas a arrepentirte”.

  • Elena dice:

    Super interesante……hay que ir al slow fashion

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