La dieta memética

Enero y febrero son meses de gimnasio y de dietas. Que si la dieta de la alcachofa, que si la disociada, el método Dunkan, la cronodieta, el método Atkins… Después de los empachos de diciembre toca ponerse a plan, pero si tenemos el cuerpo con el colesterol y las grasas a tope ¿cómo andan los excedentes de nuestras mentes? 

La Navidad pasada tuve una revelación importante. De esas que te sacan de un estado mental para meterte en otro en el que te repites a ti misma “si es que estaba claro… Lo tenía delante de mis narices”. Como diría mi amiga Elena, “se me cayeron los palos del sombrajo”. Y es que esta Navidad cayó en mis manos el libro “Memecracia: los virales que nos gobiernan”, cuyo tema central es la transmisión de ideas en estos tiempos de excesos de contenidos e hiper-conexión a internet.

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Relaxing cup of café con leche, tostadas y Memecracia.

Pero este no es un libro más sobre internet, su autora, Delia Rodriguez profundiza en aspectos antropológicos, periodísticos y aclara cómo se conjuga el funcionamiento de nuestro cerebro y la cultura, para entender mejor el escenario de la avalancha y la manipulación informativa. Desenmascara nuestro papel como usuarios en la alimentación de este complejo sistema de transmisión. Es un libro que despeja el camino de piedras para iniciarnos en el life-hacking, primero entendiendo patrones y luego dando pistas para poder utilizar nuestra participación en la red en la creación de algo mejor que la “sociedad de la distracción”.

En mi caso, empecé a asociar acontecimientos, hechos y situaciones de mi vida al darme cuenta de que en los últimos cuatro años mi atención se había dividido en  un creciente número de dispositivos, tareas y contenidos, y que esta revolución cualitativa y cuantitativa podía estar pasándole factura a mi capacidad creativa. Igual que cuando llevas varios meses sin hacer ejercicio y sientes que se te sale el corazón por la boca cuándo subes 20 escaleras, en ocasiones notaba esa misma sensación en mi cerebro y esto me preocupaba.

Pero ¿cómo ponerle remedio? El cerebro es un órgano que aprende y se fortalece, si se entrena. Aunque había factores externos complicados de modificar, como las demandas de mi trabajo o (más difícil todavía) la influencia de la tecnología sobre las personas. Igualmente si podía empezar a conocer mejor mi comportamiento sobre la tecnología para ser yo la que la usara en mi propio beneficio y no al revés.

Necesitaba una dieta de desintoxicación memética. Pero tampoco me iba a “tirar al monte” en plan “aislamiento en la Betty Ford”. Tenía que encontrar una solución sostenible en el tiempo que me permitiese estar conectada, pero al mismo tiempo mantener a raya las dinámicas, comportamientos e ideas que no sumaban.

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Nuestro cerebro nos agradecerá que lo mantengamos alejado de los memes tóxicos.

La dieta memética tiene mucho que ver con la gestión del tiempo y de tomar el control de la propia vida. Con saber manejar la procrastinación. Con vivir y aprender más allá del mundo online. Con entender que estar conectados es mucho más que tener conexión a internet. Que nuestro comportamiento online se monitoriza y se estudia para perpetuar determinados sistemas de ideas.

El camino del self-hacking no es sencillo. Soy  una célula de transmisión memética, porque lo he sido antes de que apareciese internet y está en la naturaleza humana compartir lo que consideramos relevante. Pero ahora conozco la anatomía de los memes. Ahora soy más consciente de cuando hago un like, un retweet o comparto un contenido, estoy fomentando un sistema de creencias, una corriente, beneficiando o perjudicando a alguien. Los grandes medios y las personas influyentes son aglutinadores de memes, pero está claro que al final somos cada uno de nosotros los que decidimos cuándo y dónde hacer un clic. Yo ya llevo un tiempo “a plan.” ¿Y tú?

CONCEPTOS CLAVE

¿Qué es un meme?

Los “memes” son ideas o comportamientos que nos trasmitimos unos a otros y que forman parte de un ecosistema cultural. Es una unidad de imitación e información que tiene vida propia, pasa de persona a persona y su misión es sobrevivir y reproducirse, al igual que los genes. Existen memes de todo tipo: útiles, inútiles, peligrosos, divertidos, inspiradores, etc… “ola ke ase”, el discurso de Steve Jobs en la Universidad de Standford, Harlem Shake, Grumpy Cat, el vídeo de Wrecking Ball de Miley Cyrus, etc. Todos ellos tienen en común en que son ideas contagiosas e irresistibles que han encontrado en internet y las redes sociales el caldo de cultivo perfecto para transmitirse con más rapidez que nunca. El poder y los medios son conscientes de esto. Algunos usuarios también. Cada vez más.

Memes, atención y creatividad

El usuario medio de un smartphone mira el móvil más de 150 veces al día. Esto significa 150 momentos de interrupción de la atención. Nos resulta muy complicado resistir a la tentación de ver que hay detrás de cada notificación que recibimos. Nuestro cerebro se ha adaptado a estas distracciones y ya hay estudios científicos que advierten sobre sus efectos nocivos sobre la concentración. El cerebro humano tiene una capacidad limitada de asimilar información. Esto hace que se produzca un fenómeno que se conoce como “economía de la atención”. Cuando sobrepasamos el límite de memes, empieza el camino de la ineficacia y sentimos que nos patina la neurona. Y es que tener más información no nos hace más creativos. Ni más productivos. Los dispositivos reclaman nuestra atención para perpetuar la difusión memética, pero somos nosotros los que tenemos que aprender a manejar esta demanda y decidir de forma consciente lo que es relevante de lo que no. Esto pasa por el conocimiento de determinados patrones,  y sobretodo mantener el ego a raya. Cosa complicada en los tiempos del “selfie”.  La fuerza de voluntad es la clave.

Burbujas meméticas: cada vez más radicales y separados

Los algoritmos de Facebook  y Google favorecen que la información que se nos muestra sea la más afín a nuestras preferencias e intereses. Es la segmentación que tanto gusta a las marcas, pero que podría ser dañina para el aprendizaje y dificultar la convivencia en la diversidad. Este comportamiento de los algoritmos fomenta que los mensajes y contenidos que nos llegan reafirmen cada vez más lo que ya pensamos, creando burbujas de pensamiento que se radicalizan y que no se relacionan unas con otras. ¿Qué consecuencias puede tener esto para el entendimiento entre las personas?

Entrevista a Delia Rodriguez, autora de “Memecracia: los virales que nos gobiernan”

Entrevista Delia Rodríguez from lacaffe.es on Vimeo.

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