Niños en Modo Slow

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“Niños viendo un teatro de marionetas” – Alfred Eisenstaedt, Paris 1963

Salgo de casa acompañada de mis tres enanitos, chequeamos que todo está en orden y hacemos una corta carrera hasta la puerta del colegio, que por suerte no ha cerrado aún. Hago el correspondiente reparto de besos antes de que entren y cuando los veo alejarse, suspiro aliviada.

Es tarde. No he conseguido llegar puntual al trabajo y tengo la impresión de que hoy todo se hará con retraso. Una sensación que no encaja con mi mirada a la vida. Y es que participo del movimiento Slow, que para mí significa aprovechar el tiempo con sentido común, y procurar no acelerar las cosas importantes: ¿quién puede hacer un buen caldo con malos ingredientes y cinco minutos de microondas?.

El fenómeno Slow llegó a España aproximadamente en el año 94, 8 años más tarde de la fecha en que se origina la corriente Slow food, buque insignia de este movimiento. Es una filosofía de vida que anima a bajar el ritmo, a prestar atención a los detalles de forma que se genere mayor calidad en nuestro día a día y en nuestras relaciones. Se trata de rescatar aspectos de la vida que se han ido perdiendo, porque vivimos contagiados de un ritmo de vida frenético y exigente marcado por la agenda económica. Hoy en día es una hazaña cumplir con el expediente y concentrar atención, tiempo y energía a cuidar la familia, amigos y además respetar el descanso.

El movimiento consta de muchos ámbitos, pero prefiero ir poco a poco (como buena “slower”) y dar una visión general centrándome en el aprendizaje mutuo entre grandes y pequeños.

Dos regalos a los niños

Hay dos regalos que deberíamos darle a nuestros hijos; uno es raíces y el otro alas.

Me gusta pensar en los niños como los grandes maestros del movimiento Slow: tienen la capacidad innata de hacernos aminorar el tempo, observar y percatarnos de aspectos que probablemente nos pasarían desapercibidos. Cuando son pequeños no saben distinguir entre un minuto y una hora y el decirles que tienen 5 minutos para vestirse o 20 para desayunar, es algo que se les escapa. Necesitan vestirse despacio para hacerlo bien y se toman la leche con Cola Cao al ritmo que les pide su pequeño estómago.

Sólo hay que salir a pasear con un niño para darse cuenta de que cuando son pequeños, aún no han perdido la capacidad de seguir su ritmo interior. Se detienen y admiran con los pequeños detalles que encuentran en el camino: hojas de tropecientas formas y colores, piedras de formas infinitas e irrepetibles y que tocar, o escalones por los que subir y saltar en loop infinito. Ellos son susceptibles de sorprenderse con todo, y esa capacidad es clave para el desarrollo del pensamiento, la creatividad y el criterio.

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Estar en modo Slow es hacer oídos sordos a las prisas innecesarias y disfrutar del presente en cada minuto, igual que los niños. Los adultos también podemos maravillarnos de nuestro niño interior si nos proponemos ajustar ciertas rutinas diarias.

Mis hijos son mis sensei. Su forma tan sencilla de ver la vida me hace reflexionar y me sirve de brújula para saber dedicar tiempo y dar valor a las pequeñas cosas cotidianas, que finalmente son las que acaban configurando mi realidad. 

Los niños reciben, perciben y transmiten. Cuando vamos acelerados, los aceleramos a ellos y cuando bajamos el ritmo, ellos también lo hacen. El estrés infantil es un mal cada vez más extendido y la mayoría de pediatras, psicólogos y especialistas, están de acuerdo en que un cambio en el estilo de vida es la mejor de las curas para este tipo de problema, causado en mucha medida por el ritmo acelerado que llevamos. No tenemos que llegar a la patología, para proponernos nuevos hábitos de vida. La salud se puede construir desde lo más sencillo, tratando de llevar una vida tranquila realizando pequeños cambios en aquellas cosas que hacemos con ellos todos los días.

El ajetreo laboral, los horarios pactados y los compromisos pre-adquiridos están a años luz de lo que un niño puede llegar a entender. Apostemos porque sigan fluyendo y disfrutando con las pequeñas cosas que les hacen felices a ellos y a nosotros. Si conocemos el lado más oscuro de la moneda, pongamos en valor nuestra experiencia para crear una realidad mejor, empezando por las generaciones que vienen.

DIEZ CONSEJOS PRÁCTICOS PARA PREVENIR EL ESTRÉS INFANTIL

  1.  Haz las cosas con tiempo. Levántalos con tiempo suficiente para que desayunen tranquilamente antes de ir al cole. Evita prisas de última hora si debéis estar a una hora concreta en un sitio determinado.
  2. Una vez al mes llévalos al campo, a la montaña o a la playa. Con una excursión de unas horas es suficiente. Será un tiempo que os servirá a todos para desconectar y cargar pilas.
  3. Dedícales tiempo de calidad. Más vale dedicarles poco tiempo y de calidad, que mucho y no estar con ellos al 100%.
  4. Compartid tiempo sin interferencias. Cuando estés con ellos procura dejar el móvil en un lugar que no tengas a la vista, pero que sí puedas escuchar. Hoy en día tenemos muchas distracciones con el móvil que nos impiden estar realmente presentes.
  5. Organízate, ahorrarás tiempo. Puedes usar una plantilla de planificación semanal para saber qué actividades diarias tienen. Evitarás tener que acordarte a diario con lo que ahorrarás tiempo y energía. Para las comidas, puedes elaborar un menú mensual coordinado con el menú del colegio, para que tengan una dieta variada. Esto te facilitará la compra y te permitirá ahorrar, porque sólo comprarás lo que necesitas. Si lo elaboras una vez al mes, ya no tendrás que pensar cada día en las comidas: ya estarán planificadas de antemano y sólo tendrás que mirar a diario lo que toca.
  6. Haz actividades creativas con ellos. Pintar, cocinar, hacer manualidades. Crea situaciones para dar rienda suelta a su imaginación.
  7. Despierta tu mirada de niño. Haz el ejercicio de mirar las cosas como si fuera la primera vez.
  8. Sé más flexible. Adapta los planes a cada momento.
  9. Deja espacio para no hacer nada. Quedaos de vez en cuando en casa con ropa cómoda y haced aquello que surja. Prueba con hacerlo una vez al mes. Es bueno que de vez en cuando tengan tiempo libre y si no quieren, que no hagan nada.
  10. Para de vez en cuando y obsérvate. Baja el ritmo cuando sientas que hace falta.

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